Cuento. Día de muertos

Día de muertos

Por: Centro Literario Istak Axolotl



Abrí mis ojos para ver la luz del sol, pero solamente encontré oscuridad. Hubo algo distinto en ella, no era la de siempre. Pude sentir una profundidad infinita, misteriosa, que en lugar de provocarme temor de alguna forma me hizo sentir acompañada por alguien, como si se tratara de un viejo conocido.

    Pensé que tal vez aún era de noche, pero no fue así, porque sé que su esencia dual contiene la presencia de un poco de luz; permite distinguir las formas de las cosas para que las sombras tengan su propia sombra, y yo, no vi nada más, sólo la totalidad de una gama negra o incluso más oscura.

    Un aroma comenzó a propagarse. Un olor dulce que comparte su fragancia con el agua, ya que ésta tiene el anhelo de erradicar su naturaleza inodora. Eran flores, de esas que nacen sólo cuando el otro se marchita. Marcaron un camino y me dieron como guía a mi olfato, porque en ese lugar la vista duerme hasta abandonar su cualidad de sentido.

    No sé cuánto caminé. Los minutos se convertían en sinónimos de las horas, y éstas a su vez, de los años; sin embargo, el tiempo no transcurría en mí. No hubo cansancio ni envejecimiento.

    A lo lejos divisé una serie de destellos en línea recta, y escuché pasos que acrecentaban su sonido conforme disminuía la distancia que nos separaba. Me acerqué y de pronto sentí mi mano húmeda y pegajosa. Miré hacia abajo, pero todavía estaba oscuro así que extendí mis brazos y fue ahí cuando lo encontré.

    Pasé mis dedos entre su pelaje mientras él jugaba conmigo. No podía ver su cara; sin embargo, él sí veía la mía. Me ladró para que lo siguiera y caminamos juntos hasta llegar a esos destellos que ahora se encontraban frente a mí.

    Eran velas diminutas, pero con un fuerte resplandor que se dirigía hacia una escalera. En ese momento oí mi nombre y cuando llegué al final de ese sendero nos encontramos. Ahí estaba ella, mi abuela, tratando de alcanzar unas doraditas de uno de los escalones.

    Fue una situación muy divertida porque no dejaba de quejarse por el sitio en el que las habían colocado. Me dijo─si ya saben que estoy bien chaparra por qué las ponen ahí ¿Me las alcanzas flaca?

    Le pasé las galletas y nos sentamos para comerlas. ─¿Qué estás haciendo aquí mija?─me preguntó. Le contesté que en verdad no lo sabía, pero estaba feliz de haberla encontrado.

    Después de un largo tiempo de plática le pregunté si todo eso era un sueño. Me contestó─depende, para ti es un sueño profundo y oscuro, pero para mí es algo real y palpable; puedo ver lo que hay alrededor, pero no puedo describirtelo porque no hay nada en el mundo terrenal que se le parezca.

    Seguí cuestionandola y le pregunté cómo podía ver en aquel sitio oscuro, que había rechazado la esencia dual de las sombras. Ella me respondió nuevamente─sólo quienes han cruzado a la vida sin tiempo recuperan la vista, o mejor dicho, tienen nuevos ojos para ver lo que con luz se desvanece. Habían tantas cosas que quería decirle, pero me dijo que debía regresar porque me estaban esperando en casa. Me despedí y al mismo tiempo que la abracé, abrí los ojos y esta vez sí vi una luz con gamas amarillas y anaranjadas que son propias de los atardeceres.

    Recorrí los pasillos adornados hasta llegar al altar que mi familia había puesto para mi abuela. Me acerqué a uno de los escalones para mover las doraditas. Mi madre me miró extrañada, pero le dije que mi abuela era chaparrita y no las iba a alcanzar. Nos reímos y disfrutamos el resto de la tarde; recordando a quien nos dio pedazos de su vida sin importarle cuántas partes le quedaban en la suya.

Comentarios